La matanza de Cholula: el silencio de las torres y el eco de una traición anunciada
En el corazón del valle poblano, donde la tierra se abre como una herida fértil y los volcanes vigilan desde siempre el paso de los hombres, Cholula se alzaba en el otoño de 1519 como una ciudad de veinte mil casas y cuatrocientas treinta y tantas torres de mezquitas, según contó con asombro el propio Hernán Cortés. Era un señorío independiente en apariencia, regido a la manera de Tlaxcala, pero vestido con más elegancia: albornoces de tela fina que caían sobre la ropa cotidiana, parecidos a los africanos pero con maneras propias, y calles que se extendían en un llano regado donde ni un palmo de tierra quedaba sin labrar. Allí, entre labranzas abundantes y mercados donde los pobres pedían limosna como en España, latía una rivalidad antigua: la de los olmecas-xicalancas contra el imperio mexica. Esa enemistad, cultivada por dádivas y seducciones de Moctezuma, fue el terreno fértil que el conquistador extremó para sembrar la masacre entre el 18 y el 23 de octubre de 1519, hechos que él mismo narró con frialdad administrativa en su segunda carta-relación al emperador Carlos V, fechada el 30 de octubre de 1520 desde Segura de la Frontera.
Habían transcurrido más de veinte días en Tlaxcala cuando los mensajeros de Moctezuma, ya convertidos en aliados ocasionales del español, advirtieron a Cortés. A seis leguas se erguía Cholula, cuyos habitantes eran súbditos del tlatoani azteca. No debía ir, le dijeron, porque allí se fraguaba una traición: cincuenta mil hombres aguardaban en guarnición a dos leguas, el camino real estaba cerrado, agujeros disimulados con palos agudos esperaban a los caballos para dejarlos mancos, las calles tapiadas y las azoteas cargadas de piedras listas para el descuido. Los señores cholultecas jamás habían hablado con el forastero. En cambio, acudieron los de Huejotzingo, más lejanos, y el conquistador agradeció el aviso. Pidió entonces que se enviara mensaje a los de Cholula: que vinieran a tratar ciertas cosas. Dos o tres hombres de poca autoridad se presentaron, alegando enfermedad de sus señores. Los aliados tlaxcaltecas se burlaron: aquellos enviados eran de calidad inferior y se mofaban. Cortés otorgó tres días de plazo bajo apercibimiento firmado: si no asistían, iría sobre ellos como a rebeldes y los destruiría. Al día siguiente llegaron los señores principales. Explicaron que no habían acudido antes por ser enemigos de los tlaxcaltecas y no atreverse a atravesar sus tierras; no creyeron en los mensajes anteriores. Se ofrecieron como vasallos y lo asentaron ante escribano. Para no mostrar debilidad, el extremeño determinó acudir a Cholula y desde allí negociar con Moctezuma.
Los tlaxcaltecas, contrariados, intentaron disuadirlo. Al ver su determinación, lo acompañaron con hasta cien mil hombres armados. A dos leguas de la ciudad acamparon y la mayor parte regresó, dejando apenas cinco o seis mil. Esa noche Cortés durmió junto a un arroyo en las orillas. Al alba entró. Lo recibieron con trompetas y atabales, con multitudes y sacerdotes ricamente ataviados que cantaban como en las mezquitas. Lo llevaron con solemnidad a unos aposentos donde lo alimentaron, aunque la comida no fue de su agrado. En el camino observó lo anunciado: el real cerrado, las señales de la emboscada. Permaneció sobre aviso.
Durante tres días la atención fue cada vez peor. Pocas veces hablaron los principales. Entonces la intérprete india —Malinche, doña Marina— le contó lo que otra mujer le había confiado: las mujeres, los hijos y toda la ropa estaban fuera de la ciudad porque matarían a todos; si quería salvarse, que se fuera con ella y la guarecería. Gerónimo de Aguilar, el de Yucatán, lo confirmó en su lengua. Cortés interrogó en secreto a un natural y el hombre ratificó los avisos de los tlaxcaltecas y de la intérprete.
Enterado, se preparó. Hizo llamar a algunos señores bajo pretexto de hablarles y los metió en una sala. Mientras tanto, ordenó a su gente que estuviera lista. Soltó un escopetazo: señal para aprisionar a los señores, atarlos. Salió, cabalgó y dio otra señal con la escopeta. En pocas horas murieron más de tres mil. Fue fácil: faltaban los caudillos, ya prisioneros. Quemó algunas edificaciones y casas principales desde donde se defendían y atacaban. Cinco horas después, con ayuda de los cinco mil tlaxcaltecas y cuatrocientos de Cempoala, echó a la gente fuera de la ciudad por muchas partes.
Regresó a la habitación y habló con los señores presos. Les preguntó por qué querían matarlo a traición. Respondieron que no tenían la culpa: eran vasallos de Moctezuma y éste tenía a legua y media cincuenta mil hombres. Le pidieron que soltara a uno de ellos para ir por las mujeres, los hijos y la ropa; que perdonara el error y no volvería a pasar; se sometían como leales vasallos. Soltó a dos. Al día siguiente la ciudad se llenó de nuevo de mujeres y niños, tan seguros como si nada hubiera ocurrido. Luego liberó a los demás señores. Durante los quince días que aún permaneció, Cholula estaba tan poblada que no parecía faltar nadie. Tan pacífica, que logró que cholultecas y tlaxcaltecas volvieran a ser amigos, como lo habían sido antes de que Moctezuma los enemistara con dádivas.
Cortés describe la ciudad con el ojo del que ya piensa en colonizar: llana, torreada, la más hermosa de fuera que hay en España. Fertilidad de labranzas, tierras regadas, algunos baldíos y aguas para criar ganados —ventaja que no había visto en ninguna otra—. Tanta gente que ni un palmo quedaba sin cultivar, y aun así muchos padecían necesidad de pan; pobres que pedían entre los ricos, por las calles y mercados, como en España. Después del suceso, afirma, todos han sido y son buenos vasallos.
Esta es la versión oficial del conquistador, escrita un año después para justificar ante el emperador una acción preventiva. Otras voces, las de los vencidos recogidas siglos más tarde, hablan del terror: el suelo que tiembla, la tierra que gira ante los ojos, la admiración y el espanto de la gente humilde. Historiadores han debatido si hubo verdadera conjura o si Cortés, alertado por los enemigos tradicionales de Cholula —los tlaxcaltecas—, decidió escarmentar a una ciudad poderosa y aliada de Tenochtitlan para sembrar el miedo en el camino hacia Moctezuma. La rivalidad olmeca-xicalanca, las tensiones regionales, el juego de alianzas, todo se entretejió en aquellos días de octubre.
Cholula no era solo un punto en el mapa militar. Era centro ceremonial de antigua estirpe, ciudad de templos y mercados, de gobernanza compartida y de una cultura que vestía con distinción. Su masacre, narrada con la precisión de un parte de guerra, revela el método de la conquista: aprovechar las grietas internas, convertir la sospecha en pretexto y el pretexto en sangre, luego restaurar la apariencia de orden para continuar la marcha. El llano siguió siendo fértil, las torres —luego convertidas en iglesias— siguieron señalando el horizonte, y el pueblo regresó como si el horror hubiera sido un sueño pasajero. Pero el eco permaneció en la memoria colectiva: el día en que el silencio de las azoteas se llenó de gritos y el olor a pólvora se mezcló con el de la tierra regada.
Más de quinientos años después, el valle sigue siendo el mismo valle de labranzas y volcanes. La Gran Pirámide, cubierta de tierra y coronada por el santuario de los Remedios, guarda bajo su masa los estratos de épocas anteriores a Cortés. La matanza de Cholula no es solo un episodio de la Conquista; es el momento en que la diplomacia de la sospecha y la violencia preventiva se instalaron como lenguaje de poder. Cortés, en su carta, se presenta como el que previene antes de ser prevenido. Los cholultecas, en la visión de los vencidos, aparecen como quienes nada temían en su corazón hasta que el acuchillamiento llegó. Entre ambas versiones se abre el espacio donde la historia se vuelve crónica y la crónica, advertencia: las ciudades hermosas y fértiles también pueden ser escenario de la traición anunciada, y el regreso de las mujeres y los niños al día siguiente no borra la noche en que las torres contemplaron la masacre en silencio.
Así quedó registrada, en la prosa seca y justiciera del conquistador, la jornada en que Cholula aprendió el precio de encontrarse en el camino entre Tlaxcala y Tenochtitlan. Una ciudad de razón, de pobres que pedían limosna y de torres contadas una a una, convertida por unas horas en campo de escarmiento. Y después, otra vez pacífica, otra vez poblada, otra vez vasalla. El documental de la sangre y el artículo de la cultura coinciden en un solo punto: el llano no olvidó, aunque la vida continuara como si nada hubiera pasado.

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