104.- Tláloc en el valle de Cholula
Tláloc fue una de las deidades más antiguas y poderosas de Mesoamérica. En la cultura teotihuacana y después en la mexica, personificaba la lluvia y la fertilidad. Originalmente representaba el agua terrestre, mientras que la serpiente emplumada simbolizaba las aguas celestes. Tras la caída de Teotihuacán, su culto viajó a Tula y desde allí se extendió entre los pueblos nahuas, hasta arraigarse con fuerza en el valle de Cholula.
El nombre Tláloc proviene de tlālli (tierra) y octli (néctar o pulque). Significa “néctar de la tierra”: la lluvia que penetra el suelo y se hace parte de él. Tláloc era el dios de las aguas que descienden del cielo, no de las que ya corren por ríos y lagos. Esas correspondían a su esposa Chalchiuhtlicue, “la de la falda de jade”. Según fray Bernardino de Sahagún, el Tlálocan —el paraíso de Tláloc— se encontraba en la región oriental del Universo. De allí procedían las aguas beneficiosas para la vida. En ese lugar residían también quienes habían muerto ahogados, por hidropesía o por lepra.
Aunque no era un dios enteramente benévolo, su culto se extendió por toda Mesoamérica. Para los aztecas asentados en el lago de Texcoco, Tláloc era una divinidad agrícola esencial. Dominaba las fuerzas destructoras del agua: granizadas, heladas, inundaciones, relámpagos, rayos y sequías. Hacía crecer los ríos y el mar, pero también podía negar la lluvia o enviarla con furia.
El símbolo de Tláloc evolucionó hasta convertirse en una cruz florida que aludía a sus cuatro hijos, los tlaloques, quienes vivían en los cuatro ámbitos del cielo. Durante el dominio tolteca, el dios adquirió forma antropomorfa. Su rostro estaba formado por dos serpientes enroscadas: la curva de los reptiles enmarcaba los ojos y las cabezas se proyectaban en paralelo para crear el labio superior. Los tlaloques eran sus ayudantes. Ellos enviaban las cuatro clases de lluvia y protegían a navegantes y pescadores.
En agosto de 2010, durante las excavaciones de la línea 12 del Metro de la Ciudad de México, aparecieron entierros aztecas con los restos de cincuenta niños colocados dentro de vasijas de barro que imitaban el vientre materno. Este hallazgo confirmó las investigaciones realizadas en Cholula sobre el culto a Tláloc. En el primer mes del año se le ofrecían sacrificios de niños para honrarlo. Era el responsable de los períodos de sequía y de las lluvias torrenciales. Aunque se ha dicho que los aztecas solo sacrificaban niños varones enfermos, los restos hallados en Cholula muestran indicios claros de enfermedades infecciosas.
Así, entre el barro de las vasijas y el fresco de los murales, Tláloc sigue habitando la memoria del valle. Dios de la lluvia que fecunda y que destruye, de la vida que nace del agua y de la muerte que regresa a ella, su presencia atraviesa los siglos como un eco que aún se escucha cuando el cielo se oscurece sobre la gran pirámide de Cholula.

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