lunes, 24 de agosto de 2026

La matanza de Cholula

 La matanza de Cholula: el silencio de las torres y el eco de una traición anunciada


En el corazón del valle poblano, donde la tierra se abre como una herida fértil y los volcanes vigilan desde siempre el paso de los hombres, Cholula se alzaba en el otoño de 1519 como una ciudad de veinte mil casas y cuatrocientas treinta y tantas torres de mezquitas, según contó con asombro el propio Hernán Cortés. Era un señorío independiente en apariencia, regido a la manera de Tlaxcala, pero vestido con más elegancia: albornoces de tela fina que caían sobre la ropa cotidiana, parecidos a los africanos pero con maneras propias, y calles que se extendían en un llano regado donde ni un palmo de tierra quedaba sin labrar. Allí, entre labranzas abundantes y mercados donde los pobres pedían limosna como en España, latía una rivalidad antigua: la de los olmecas-xicalancas contra el imperio mexica. Esa enemistad, cultivada por dádivas y seducciones de Moctezuma, fue el terreno fértil que el conquistador extremó para sembrar la masacre entre el 18 y el 23 de octubre de 1519, hechos que él mismo narró con frialdad administrativa en su segunda carta-relación al emperador Carlos V, fechada el 30 de octubre de 1520 desde Segura de la Frontera.

Habían transcurrido más de veinte días en Tlaxcala cuando los mensajeros de Moctezuma, ya convertidos en aliados ocasionales del español, advirtieron a Cortés. A seis leguas se erguía Cholula, cuyos habitantes eran súbditos del tlatoani azteca. No debía ir, le dijeron, porque allí se fraguaba una traición: cincuenta mil hombres aguardaban en guarnición a dos leguas, el camino real estaba cerrado, agujeros disimulados con palos agudos esperaban a los caballos para dejarlos mancos, las calles tapiadas y las azoteas cargadas de piedras listas para el descuido. Los señores cholultecas jamás habían hablado con el forastero. En cambio, acudieron los de Huejotzingo, más lejanos, y el conquistador agradeció el aviso. Pidió entonces que se enviara mensaje a los de Cholula: que vinieran a tratar ciertas cosas. Dos o tres hombres de poca autoridad se presentaron, alegando enfermedad de sus señores. Los aliados tlaxcaltecas se burlaron: aquellos enviados eran de calidad inferior y se mofaban. Cortés otorgó tres días de plazo bajo apercibimiento firmado: si no asistían, iría sobre ellos como a rebeldes y los destruiría. Al día siguiente llegaron los señores principales. Explicaron que no habían acudido antes por ser enemigos de los tlaxcaltecas y no atreverse a atravesar sus tierras; no creyeron en los mensajes anteriores. Se ofrecieron como vasallos y lo asentaron ante escribano. Para no mostrar debilidad, el extremeño determinó acudir a Cholula y desde allí negociar con Moctezuma.

Los tlaxcaltecas, contrariados, intentaron disuadirlo. Al ver su determinación, lo acompañaron con hasta cien mil hombres armados. A dos leguas de la ciudad acamparon y la mayor parte regresó, dejando apenas cinco o seis mil. Esa noche Cortés durmió junto a un arroyo en las orillas. Al alba entró. Lo recibieron con trompetas y atabales, con multitudes y sacerdotes ricamente ataviados que cantaban como en las mezquitas. Lo llevaron con solemnidad a unos aposentos donde lo alimentaron, aunque la comida no fue de su agrado. En el camino observó lo anunciado: el real cerrado, las señales de la emboscada. Permaneció sobre aviso.

Durante tres días la atención fue cada vez peor. Pocas veces hablaron los principales. Entonces la intérprete india —Malinche, doña Marina— le contó lo que otra mujer le había confiado: las mujeres, los hijos y toda la ropa estaban fuera de la ciudad porque matarían a todos; si quería salvarse, que se fuera con ella y la guarecería. Gerónimo de Aguilar, el de Yucatán, lo confirmó en su lengua. Cortés interrogó en secreto a un natural y el hombre ratificó los avisos de los tlaxcaltecas y de la intérprete.

Enterado, se preparó. Hizo llamar a algunos señores bajo pretexto de hablarles y los metió en una sala. Mientras tanto, ordenó a su gente que estuviera lista. Soltó un escopetazo: señal para aprisionar a los señores, atarlos. Salió, cabalgó y dio otra señal con la escopeta. En pocas horas murieron más de tres mil. Fue fácil: faltaban los caudillos, ya prisioneros. Quemó algunas edificaciones y casas principales desde donde se defendían y atacaban. Cinco horas después, con ayuda de los cinco mil tlaxcaltecas y cuatrocientos de Cempoala, echó a la gente fuera de la ciudad por muchas partes.

Regresó a la habitación y habló con los señores presos. Les preguntó por qué querían matarlo a traición. Respondieron que no tenían la culpa: eran vasallos de Moctezuma y éste tenía a legua y media cincuenta mil hombres. Le pidieron que soltara a uno de ellos para ir por las mujeres, los hijos y la ropa; que perdonara el error y no volvería a pasar; se sometían como leales vasallos. Soltó a dos. Al día siguiente la ciudad se llenó de nuevo de mujeres y niños, tan seguros como si nada hubiera ocurrido. Luego liberó a los demás señores. Durante los quince días que aún permaneció, Cholula estaba tan poblada que no parecía faltar nadie. Tan pacífica, que logró que cholultecas y tlaxcaltecas volvieran a ser amigos, como lo habían sido antes de que Moctezuma los enemistara con dádivas.

Cortés describe la ciudad con el ojo del que ya piensa en colonizar: llana, torreada, la más hermosa de fuera que hay en España. Fertilidad de labranzas, tierras regadas, algunos baldíos y aguas para criar ganados —ventaja que no había visto en ninguna otra—. Tanta gente que ni un palmo quedaba sin cultivar, y aun así muchos padecían necesidad de pan; pobres que pedían entre los ricos, por las calles y mercados, como en España. Después del suceso, afirma, todos han sido y son buenos vasallos.

Esta es la versión oficial del conquistador, escrita un año después para justificar ante el emperador una acción preventiva. Otras voces, las de los vencidos recogidas siglos más tarde, hablan del terror: el suelo que tiembla, la tierra que gira ante los ojos, la admiración y el espanto de la gente humilde. Historiadores han debatido si hubo verdadera conjura o si Cortés, alertado por los enemigos tradicionales de Cholula —los tlaxcaltecas—, decidió escarmentar a una ciudad poderosa y aliada de Tenochtitlan para sembrar el miedo en el camino hacia Moctezuma. La rivalidad olmeca-xicalanca, las tensiones regionales, el juego de alianzas, todo se entretejió en aquellos días de octubre.

Cholula no era solo un punto en el mapa militar. Era centro ceremonial de antigua estirpe, ciudad de templos y mercados, de gobernanza compartida y de una cultura que vestía con distinción. Su masacre, narrada con la precisión de un parte de guerra, revela el método de la conquista: aprovechar las grietas internas, convertir la sospecha en pretexto y el pretexto en sangre, luego restaurar la apariencia de orden para continuar la marcha. El llano siguió siendo fértil, las torres —luego convertidas en iglesias— siguieron señalando el horizonte, y el pueblo regresó como si el horror hubiera sido un sueño pasajero. Pero el eco permaneció en la memoria colectiva: el día en que el silencio de las azoteas se llenó de gritos y el olor a pólvora se mezcló con el de la tierra regada.

Más de quinientos años después, el valle sigue siendo el mismo valle de labranzas y volcanes. La Gran Pirámide, cubierta de tierra y coronada por el santuario de los Remedios, guarda bajo su masa los estratos de épocas anteriores a Cortés. La matanza de Cholula no es solo un episodio de la Conquista; es el momento en que la diplomacia de la sospecha y la violencia preventiva se instalaron como lenguaje de poder. Cortés, en su carta, se presenta como el que previene antes de ser prevenido. Los cholultecas, en la visión de los vencidos, aparecen como quienes nada temían en su corazón hasta que el acuchillamiento llegó. Entre ambas versiones se abre el espacio donde la historia se vuelve crónica y la crónica, advertencia: las ciudades hermosas y fértiles también pueden ser escenario de la traición anunciada, y el regreso de las mujeres y los niños al día siguiente no borra la noche en que las torres contemplaron la masacre en silencio.

Así quedó registrada, en la prosa seca y justiciera del conquistador, la jornada en que Cholula aprendió el precio de encontrarse en el camino entre Tlaxcala y Tenochtitlan. Una ciudad de razón, de pobres que pedían limosna y de torres contadas una a una, convertida por unas horas en campo de escarmiento. Y después, otra vez pacífica, otra vez poblada, otra vez vasalla. El documental de la sangre y el artículo de la cultura coinciden en un solo punto: el llano no olvidó, aunque la vida continuara como si nada hubiera pasado.

Xolollan


 En las tierras donde el viento arrastra todavía el eco de los antiguos cantos, el nombre de Xol-oll-tlan se alza como un enigma que no ha dejado de moverse. Derivado del náhuatl, se descompone en Xolotl —paje, juguete, el gemelo de Quetzalcóatl—, Ollin —movimiento— y Tlan —lugar—. Así, Xol-oll-tlan es “el lugar del movimiento de Xolotl”, un espacio donde la divinidad no descansa, sino que huye, se transforma y reaparece bajo formas nuevas, como si el cosmos mismo se negara a morir.

Xolotl es la advocación sombría de Quetzalcóatl, el dios dual que camina entre la luz y la sombra. Las crónicas antiguas narran que, rehúyendo la muerte, se escondió entre los maizales y se convirtió en pie de maíz de dos cañas, al que los labradores llaman todavía xolotl. Hallado entre aquellos tallos gemelos, huyó de nuevo y se ocultó entre los magueyes, transformándose en maguey de dos cuerpos, el mexolotl. Estas metamorfosis no son simples relatos de evasión: son el lenguaje de Venus, la estrella que aparece al amanecer y al atardecer, matutina y vespertina, siempre la misma y siempre otra.

Cuando Venus se muestra en el crepúsculo vespertino, recibe el nombre de Tlahuizcalpantecuhtli, Señor de la casa del alba, del náhuatl tlahuizcalpan —al alba, en amaneciendo— y tecuhtli —señor—. Es una de las formas de Quetzalcóatl, el dios que enseña y que se oculta, que crea y que se disuelve. En Xol-oll-tlan, ese movimiento perpetuo de la estrella se vuelve geografía sagrada: un lugar donde el gemelo divino no se detiene, donde cada transformación recuerda que la muerte es solo otro nombre del cambio.

El tono documental de estas tradiciones no pierde la poesía de lo vivido. Como en las páginas de los cronistas que escucharon a los ancianos, el mito se sostiene en la observación precisa: el maíz de dos cañas, el maguey de cuerpos gemelos, la estrella que cambia de casa. No hay aquí fantasía gratuita, sino la memoria de un pueblo que vio en el cielo y en la tierra el mismo latido. Xolotl no es solo el dios que huye; es el movimiento mismo, el ollin que impulsa el tiempo, el gemelo que acompaña a Quetzalcóatl en su eterno viaje entre el día y la noche.

Así, Xol-oll-tlan permanece como testimonio. No es un simple topónimo. Es el lugar donde el dios se niega a permanecer fijo, donde la huida se convierte en revelación y donde Venus, matutina o vespertina, sigue escribiendo su danza en el horizonte. En ese movimiento incesante se cifra una verdad antigua: todo lo que es divino se transforma, y todo lo que se transforma permanece.

domingo, 23 de agosto de 2026

Los Toltecas en Cholula

106.- Los Toltecas 


El Códice Nuttall, en una de sus secciones, registra la cultura mixteco-cholulteca del siglo XI.

 Allí se ve la entrada de los guerreros a Cholollan-Tlachihualtepetl, posiblemente por la zona lacustre del Aquiahuac, para asediar el “cerro hecho de tierra”. En la banda superior izquierda aparece el premio o paraíso; el resto de los glifos señala fechas y nombres de dirigentes. Siglos después, el Códice de Cuauhtinchan del siglo XVI narra la llegada de Aquiautl, los chichimecas, Couatzin, Moquiuix, Tzontecomatl, Tecpatzin y Teuhetlecozauhqui. Cruzan el río, pasan por Xiuhcalco, hacen ofrendas y se dirigen a Tlachiualtepec. 

En el Calmecac establecen sus calpulis. El lugar se nombra de mil maneras: “donde devora el águila blanca”, “lugar del agua prieta”, “donde despierta la codorniz blanca”, “donde cae la barranca de flores”, “donde se extiende el lecho de agua”. Cada nombre es una herida y una promesa.

En 1581 el corregidor Gabriel de Rojas escribió que la ciudad se llamaba también Cholollan, Tlachiuhaltepetl y Tullam. Se pronunciaba Tollan Cholollan. Tullan significaba congregación de oficiales de distintos oficios: allí se fabricaban escudillas, jarros, ollas, sogas y zapatos; allí se aprendía el arte de plateros y lapidarios. En lengua mexicana, tultecal quiere decir oficial. Algunos decían que el nombre evocaba la multitud como el tule, esa enea que crece espesa a la orilla de los caminos. 

Otros afirmaban que había un prado de tule junto al cerro que edificaron. Los fundadores vinieron de muy lejos, fundaron primero Tullan a doce leguas de México y luego dieron el mismo nombre a este pueblo, costumbre antigua de quienes llevan la patria en la lengua. Cholollan derivaría de choloan, huir, porque los comarcanos los vieron como advenedizos y huidizos. Tlachiuhaltepetl significa “cerro hecho a mano”, y lo es.

Así, entre el barro modelado y la piedra sagrada, entre el códice y la crónica colonial, Tollan Cholollan permanece. No como ruina, sino como latido. La historia de los toltecas no se cierra en 1172 ni en 1581; sigue caminando en el aire que envuelve el gran cerro, esperando que alguien, alguna vez, vuelva a nombrar con exactitud lo que la tierra ya sabe.

105.- Los Olmecas

105.- Los Olmecas 


 La tiranía de los olmecas-xicalancas en Cholula: cinco siglos de dominio y diáspora

Hacia el año 792 de nuestra era, cuando el sol aún teñía de ocre los valles del altiplano central y las pirámides de Teotihuacán comenzaban a guardarse en un silencio de siglos, Cholula —esa ciudad sagrada que había heredado el aliento teotihuacano— fue sometida por el poder de los olmecas-xicalancas. No eran los antiguos constructores de cabezas colosales del Preclásico, sino un pueblo de origen costero, probablemente vinculado a las tierras del hule y de Xicalango, en el sur del Golfo de México, portadores de influencias mayas y de una organización teocrática dual. Llegaron tras el ocaso de la gran metrópoli del norte y se establecieron con la fuerza de quienes ocupan el vacío dejado por un imperio que se desmorona.

El centro ceremonial de Cholula, el Tlachihualtépetl o cerro hecho a mano, fue abandonado en gran medida y semidestruido por el tiempo y el descuido. Al igual que ocurrió en Teotihuacán, los nuevos señores no edificaron sobre los templos antiguos. Preferían respetar —o temer— la memoria de los lugares sagrados. En algunos puntos levantaron altares modestos para honrar a los sacerdotes y héroes que más habían sobresalido en la resistencia o en la antigua jerarquía. Durante casi quinientos años de dominio, los asentamientos se desplazaron fuera de la urbe ceremonial. La población se redujo drásticamente; las viviendas y los mercados se esparcieron por los alrededores, mientras el corazón de la ciudad sagrada quedaba como un espacio de erosión y recuerdo.

Los olmecas-xicalancas impusieron un gobierno dual de dos sacerdotes-reyes: el Aquiach, señor de lo alto, y el Tlalchiach, señor de la tierra. Gobernaban una confederación que abarcaba el valle de Puebla-Tlaxcala, desde las faldas de la Sierra Nevada hasta Cacaxtla y más allá. Su presencia trajo cerámicas policromas, iconografía del Golfo y una vitalidad comercial que, paradójicamente, convivía con el peso de la subordinación. Las crónicas posteriores los describen como tiranos que obligaban a los pueblos recién llegados a vivir “en casa ajena”, pero también como herederos de una tradición que mantuvo viva la sacralidad del lugar.

La migración hacia el sur no fue solo física: fue un éxodo de memorias. Familias enteras abandonaron los contornos de la gran pirámide y se refugiaron en las laderas meridionales o en poblaciones más lejanas. Allí, lejos del control directo, preservaron ritos y linajes. Cuando, hacia 1168, los tolteca-chichimecas se rebelaron y conquistaron la ciudad, los olmecas-xicalancas no desaparecieron del todo. Fueron empujados hacia el sur del Tlachihualtépetl, donde se les permitió conservar cierta autonomía religiosa y política. Así, la tiranía de cinco siglos dejó una huella que aún se percibe en la división histórica entre San Pedro y San Andrés Cholula, y en la pervivencia de una ciudad que, a pesar de los dominios sucesivos, nunca dejó de ser sagrada.

En el relato de aquellos años se mezcla la exactitud de las fuentes etnohistóricas con el misterio de una época en que los pueblos caminaban entre el polvo de las pirámides abandonadas y el rumor de nuevas alianzas. Cholula, como un organismo vivo, se transformó sin morir, guardando en sus capas de tierra la memoria de quienes la dominaron y de quienes, bajo esa dominación, aprendieron a migrar hacia el sur sin olvidar el cerro artificial que aún mira al cielo.

Tláloc en el valle de Cholula

  104.- Tláloc en el valle de Cholula


Tláloc fue una de las deidades más antiguas y poderosas de Mesoamérica. En la cultura teotihuacana y después en la mexica, personificaba la lluvia y la fertilidad. Originalmente representaba el agua terrestre, mientras que la serpiente emplumada simbolizaba las aguas celestes. Tras la caída de Teotihuacán, su culto viajó a Tula y desde allí se extendió entre los pueblos nahuas, hasta arraigarse con fuerza en el valle de Cholula.

El nombre Tláloc proviene de tlālli (tierra) y octli (néctar o pulque). Significa “néctar de la tierra”: la lluvia que penetra el suelo y se hace parte de él. Tláloc era el dios de las aguas que descienden del cielo, no de las que ya corren por ríos y lagos. Esas correspondían a su esposa Chalchiuhtlicue, “la de la falda de jade”. Según fray Bernardino de Sahagún, el Tlálocan —el paraíso de Tláloc— se encontraba en la región oriental del Universo. De allí procedían las aguas beneficiosas para la vida. En ese lugar residían también quienes habían muerto ahogados, por hidropesía o por lepra.

Aunque no era un dios enteramente benévolo, su culto se extendió por toda Mesoamérica. Para los aztecas asentados en el lago de Texcoco, Tláloc era una divinidad agrícola esencial. Dominaba las fuerzas destructoras del agua: granizadas, heladas, inundaciones, relámpagos, rayos y sequías. Hacía crecer los ríos y el mar, pero también podía negar la lluvia o enviarla con furia.

El símbolo de Tláloc evolucionó hasta convertirse en una cruz florida que aludía a sus cuatro hijos, los tlaloques, quienes vivían en los cuatro ámbitos del cielo. Durante el dominio tolteca, el dios adquirió forma antropomorfa. Su rostro estaba formado por dos serpientes enroscadas: la curva de los reptiles enmarcaba los ojos y las cabezas se proyectaban en paralelo para crear el labio superior. Los tlaloques eran sus ayudantes. Ellos enviaban las cuatro clases de lluvia y protegían a navegantes y pescadores.

En agosto de 2010, durante las excavaciones de la línea 12 del Metro de la Ciudad de México, aparecieron entierros aztecas con los restos de cincuenta niños colocados dentro de vasijas de barro que imitaban el vientre materno. Este hallazgo confirmó las investigaciones realizadas en Cholula sobre el culto a Tláloc. En el primer mes del año se le ofrecían sacrificios de niños para honrarlo. Era el responsable de los períodos de sequía y de las lluvias torrenciales. Aunque se ha dicho que los aztecas solo sacrificaban niños varones enfermos, los restos hallados en Cholula muestran indicios claros de enfermedades infecciosas.

Así, entre el barro de las vasijas y el fresco de los murales, Tláloc sigue habitando la memoria del valle. Dios de la lluvia que fecunda y que destruye, de la vida que nace del agua y de la muerte que regresa a ella, su presencia atraviesa los siglos como un eco que aún se escucha cuando el cielo se oscurece sobre la gran pirámide de Cholula.


Fuente:
Cholula, Tradición y Cultura
Rodolfo Herrera Charolet
Edición 2026

Los teotihuacanos en Cholula

 103.- Los teotihuacanos en Cholula


Los teotihuacanos llegaron al valle de Cholula entre el año 0 y el 200 de la era cristiana, trayendo consigo una visión monumental del espacio sagrado. Con templos orientados principalmente hacia el oeste y hacia el sur, unidos por amplias calzadas, planearon lo que sería la Ciudad Sagrada de Cholula. En aquellos años se levantó con adobes el primer basamento de la gran pirámide: ciento veinte metros de frente, una superficie de catorce mil cuatrocientos metros cuadrados y diecisiete metros de altura. Sobre cinco cuerpos escalonados de dos metros y medio cada uno se edificó un templo de diecinueve metros de lado, limitado por muros gruesos de poca altura y caras en talud.

Más tarde se modificaron los lados norte y oriente. Se agregaron plataformas y tableros decorados con frescos de estilo teotihuacano. Los colores dominantes eran el rojo y el amarillo sobre fondo negro. En ellos aparecían insectos con cuerpos de chapulín y cabezas de Mictlantecuhtli, el señor de la muerte. En uno de los lados se pintó el mural conocido como “Los bebedores de pulque”, escena que aún hoy parece respirar el aroma de la fiesta antigua y el misterio de las ofrendas.

El asentamiento de nuevos pobladores procedentes de Teotihuacán y las estrechas relaciones con los zapotecos de Monte Albán provocaron en Cholula la reutilización y transformación de las construcciones anteriores. Sobre la edificación primitiva se levantó una nueva pirámide con pequeñas lajas calizas. Ahora ocupaba treinta y dos mil cuatrocientos metros cuadrados y alcanzaba treinta y cinco metros de altura. 

El estilo arquitectónico se basó en escalinatas que se extendían a lo largo de las rampas. Nueve cuerpos de talud, separados por pasillos de dos metros de ancho. Cada cuerpo tenía, en promedio, doce escalones. Canales de desagüe simétricos —cinco en el frente y cuatro en los lados norte y sur— bajaban desde la cima hasta la base, cortando las escalinatas con precisión geométrica.

Posteriores superposiciones cubrieron los cuerpos sin alcanzar toda la altura prevista. Solo se ampliaron las plataformas hasta lograr trescientos cincuenta metros de lado y cincuenta y cuatro metros de altura. Se crearon cuatro grandes patios, uno en cada costado de la pirámide. En cada esquina se colocó un templete destinado a las habitaciones sacerdotales.

Así, bajo el sol del altiplano, los teotihuacanos transformaron Cholula en un centro ceremonial de proporciones imponentes. La pirámide creció capa tras capa, como un organismo vivo que absorbía el tiempo y la fe de quienes la edificaban. Entre los frescos de insectos sagrados y los bebedores de pulque, entre las calzadas y los patios abiertos, quedó grabada una visión del mundo donde la arquitectura era también una forma de diálogo con los dioses y con la tierra misma que la sostenía. Aún hoy, la mole de adobe y piedra guarda el recuerdo de aquella ciudad sagrada que miraba al occidente y al sur.

102. Los zapotecas en el valle de Cholula

 


102. Los zapotecas en el valle de Cholula

Los zapotecas llegaron al valle de Cholula como una corriente silenciosa que arrastraba consigo el eco de los dioses antiguos. A finales del periodo preclásico medio, hacia el año 610 antes de la era cristiana, una oleada relacionada con los olmecas de la costa del Golfo, procedente de la región de Monte Albán, se detuvo en el sitio conocido como Las Bocas, en Epatlán, Puebla. Desde allí propagaron por el valle de Cholula el culto felino y el misterio de la fertilidad, entregados a los primeros sacerdotes o chamanes que sabían leer el latido de la tierra.

Monte Albán fue, durante siglos, una ciudad de múltiples sangres. Fundada por los zapotecas a finales del Preclásico Tardío con el nombre de Dani Baá, se convirtió en la sede del poder dominante de los Valles Centrales de Oaxaca y mantuvo vínculos profundos con los teotihuacanos. Los mixtecos la conocieron como Yucucúi, el Cerro Verde. Durante el Clásico Temprano la ciudad prosperó hasta que, al final de la Fase Xoo, fue abandonada por los altos dignatarios, los sacerdotes y gran parte de su población. Más tarde, en el Posclásico, los mixtecos reutilizaron el recinto sagrado cuando el poder político de los zapotecos se hallaba fragmentado en ciudades-Estado: Lambityeco, Tehuantepec, Yagul y Zaachila.

La erupción del Xitle transformó el destino de Mesoamérica. Teotihuacán se alzó como la ciudad principal, y el creciente poderío de los zapotecos la convirtió en un eje del comercio mesoamericano. Establecieron lazos de intercambio con la costa del Golfo y el valle de México, tejiendo rutas que llevaban cerámica, obsidiana y relatos de dioses lejanos.

Hacia el año 200 a.C., los aldeanos de Chupícuaro, asentados en Cholula, recibieron la intrusión de elementos culturales de tradición pescadora. De aquella influencia comercial y cosmopolita nació un nuevo lenguaje de barro: el bracero bicónico, la cuchara, el plato trípode con soportes huecos o antropomorfos, el comal y los adornos corporales. Aparecieron piezas en café claro, rojo amarillo, rojo sobre café rojizo, rojo sobre blanco y policromado, objetos que aún conservan el resplandor de manos olvidadas.

Alrededor del año 100 a.C. surgieron las técnicas de irrigación y terraceado, organizadas y controladas por los mandones de las comunidades. La influencia de los pobladores de Monte Albán se hizo más profunda y con ella nació el culto a las deidades naturales. En el valle de Cholula, donde el agua y la tierra dialogaban desde tiempos remotos, los zapotecas dejaron no solo cerámica y terrazas, sino una memoria que aún respira bajo la gran pirámide y en las riberas del Atoyac.

Así, entre el silencio de los códices y la voz de la tierra, los zapotecas tejieron su historia en el corazón de Cholula, una historia que no termina, sino que se prolonga en cada piedra antigua, en cada surco abierto y en cada semilla que germina bajo el sol del altiplano poblano. Su paso quedó grabado en la memoria del valle para siempre.

 

Fuente:

Cholula, Tradición y Cultura

Rodolfo Herrera Charolet

Ed. 2026