105.- Los Olmecas
La tiranía de los olmecas-xicalancas en Cholula: cinco siglos de dominio y diáspora
Hacia el año 792 de nuestra era, cuando el sol aún teñía de ocre los valles del altiplano central y las pirámides de Teotihuacán comenzaban a guardarse en un silencio de siglos, Cholula —esa ciudad sagrada que había heredado el aliento teotihuacano— fue sometida por el poder de los olmecas-xicalancas. No eran los antiguos constructores de cabezas colosales del Preclásico, sino un pueblo de origen costero, probablemente vinculado a las tierras del hule y de Xicalango, en el sur del Golfo de México, portadores de influencias mayas y de una organización teocrática dual. Llegaron tras el ocaso de la gran metrópoli del norte y se establecieron con la fuerza de quienes ocupan el vacío dejado por un imperio que se desmorona.
El centro ceremonial de Cholula, el Tlachihualtépetl o cerro hecho a mano, fue abandonado en gran medida y semidestruido por el tiempo y el descuido. Al igual que ocurrió en Teotihuacán, los nuevos señores no edificaron sobre los templos antiguos. Preferían respetar —o temer— la memoria de los lugares sagrados. En algunos puntos levantaron altares modestos para honrar a los sacerdotes y héroes que más habían sobresalido en la resistencia o en la antigua jerarquía. Durante casi quinientos años de dominio, los asentamientos se desplazaron fuera de la urbe ceremonial. La población se redujo drásticamente; las viviendas y los mercados se esparcieron por los alrededores, mientras el corazón de la ciudad sagrada quedaba como un espacio de erosión y recuerdo.
Los olmecas-xicalancas impusieron un gobierno dual de dos sacerdotes-reyes: el Aquiach, señor de lo alto, y el Tlalchiach, señor de la tierra. Gobernaban una confederación que abarcaba el valle de Puebla-Tlaxcala, desde las faldas de la Sierra Nevada hasta Cacaxtla y más allá. Su presencia trajo cerámicas policromas, iconografía del Golfo y una vitalidad comercial que, paradójicamente, convivía con el peso de la subordinación. Las crónicas posteriores los describen como tiranos que obligaban a los pueblos recién llegados a vivir “en casa ajena”, pero también como herederos de una tradición que mantuvo viva la sacralidad del lugar.
La migración hacia el sur no fue solo física: fue un éxodo de memorias. Familias enteras abandonaron los contornos de la gran pirámide y se refugiaron en las laderas meridionales o en poblaciones más lejanas. Allí, lejos del control directo, preservaron ritos y linajes. Cuando, hacia 1168, los tolteca-chichimecas se rebelaron y conquistaron la ciudad, los olmecas-xicalancas no desaparecieron del todo. Fueron empujados hacia el sur del Tlachihualtépetl, donde se les permitió conservar cierta autonomía religiosa y política. Así, la tiranía de cinco siglos dejó una huella que aún se percibe en la división histórica entre San Pedro y San Andrés Cholula, y en la pervivencia de una ciudad que, a pesar de los dominios sucesivos, nunca dejó de ser sagrada.
En el relato de aquellos años se mezcla la exactitud de las fuentes etnohistóricas con el misterio de una época en que los pueblos caminaban entre el polvo de las pirámides abandonadas y el rumor de nuevas alianzas. Cholula, como un organismo vivo, se transformó sin morir, guardando en sus capas de tierra la memoria de quienes la dominaron y de quienes, bajo esa dominación, aprendieron a migrar hacia el sur sin olvidar el cerro artificial que aún mira al cielo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario