domingo, 23 de agosto de 2026

Los Toltecas en Cholula

106.- Los Toltecas 


El Códice Nuttall, en una de sus secciones, registra la cultura mixteco-cholulteca del siglo XI.

 Allí se ve la entrada de los guerreros a Cholollan-Tlachihualtepetl, posiblemente por la zona lacustre del Aquiahuac, para asediar el “cerro hecho de tierra”. En la banda superior izquierda aparece el premio o paraíso; el resto de los glifos señala fechas y nombres de dirigentes. Siglos después, el Códice de Cuauhtinchan del siglo XVI narra la llegada de Aquiautl, los chichimecas, Couatzin, Moquiuix, Tzontecomatl, Tecpatzin y Teuhetlecozauhqui. Cruzan el río, pasan por Xiuhcalco, hacen ofrendas y se dirigen a Tlachiualtepec. 

En el Calmecac establecen sus calpulis. El lugar se nombra de mil maneras: “donde devora el águila blanca”, “lugar del agua prieta”, “donde despierta la codorniz blanca”, “donde cae la barranca de flores”, “donde se extiende el lecho de agua”. Cada nombre es una herida y una promesa.

En 1581 el corregidor Gabriel de Rojas escribió que la ciudad se llamaba también Cholollan, Tlachiuhaltepetl y Tullam. Se pronunciaba Tollan Cholollan. Tullan significaba congregación de oficiales de distintos oficios: allí se fabricaban escudillas, jarros, ollas, sogas y zapatos; allí se aprendía el arte de plateros y lapidarios. En lengua mexicana, tultecal quiere decir oficial. Algunos decían que el nombre evocaba la multitud como el tule, esa enea que crece espesa a la orilla de los caminos. 

Otros afirmaban que había un prado de tule junto al cerro que edificaron. Los fundadores vinieron de muy lejos, fundaron primero Tullan a doce leguas de México y luego dieron el mismo nombre a este pueblo, costumbre antigua de quienes llevan la patria en la lengua. Cholollan derivaría de choloan, huir, porque los comarcanos los vieron como advenedizos y huidizos. Tlachiuhaltepetl significa “cerro hecho a mano”, y lo es.

Así, entre el barro modelado y la piedra sagrada, entre el códice y la crónica colonial, Tollan Cholollan permanece. No como ruina, sino como latido. La historia de los toltecas no se cierra en 1172 ni en 1581; sigue caminando en el aire que envuelve el gran cerro, esperando que alguien, alguna vez, vuelva a nombrar con exactitud lo que la tierra ya sabe.

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